Chile y Estados Unidos son países difícilmente comparables. Hablamos distintas lenguas, venimos de tradiciones colonizadoras diferentes y tenemos extensiones territoriales (y cantidad de población) completamente dispares. Estas variables – por mencionar solo algunas – hacen difícil que podamos, razonablemente, comparar las realidades de ambos países.

A pesar de lo anterior, las manifestaciones que hemos visto la última semana en Estados Unidos producto del cruel asesinato de George Floyd, ¿no nos recuerdan elementos de lo que vimos en Chile en los meses finales de 2019?  Tanto aquí como allá, vimos manifestaciones pacíficas mezcladas con actos de violencia, robo, saqueo y uso de fuerza policial desmedida. Aquí como allá, hechos puntuales y (lamentablemente) recurrentes gatillaron una furia social que varios analistas describieron como “impredecible”.

Es que, es crudo decirlo, pero en un país marcado por el racismo como es Estados Unidos, son las poblaciones negras y latinas las más vulnerables y expuestas a la injusticia. En Chile, por otro lado, alzas de precios y del costo de la vida eran una costumbre, ante la que la población reaccionaba con aparente silencio y sumisión. Octubre develó, sin embargo, que la sensación de abuso e inequidad tenía un límite. Lo mismo ha pasado en Estados Unidos.

Sin negar las diferencias, es posible pensar que tanto los eventos de octubre como los que hoy se viven en Estados Unidos son síntoma de una institucionalidad (política, económica y social) que está en jaque. Porque – como señalaba Hannah Arendt – aunque la violencia sea la negación de la política y del diálogo cívico, esta siempre amenaza con volver, especialmente allí donde se viven situaciones de injusticia social. En este sentido, una condenación de los medios violentos de participación es necesaria, como lo es también una mirada atenta a las causas que la han generado. Sin una reacción determinada y que esté marcada por la apertura al diálogo con el otro, no será posible resolver ninguna crisis.

Todo lo anterior debería también afectar e incidir en la manera como todos los actores entendemos el desarrollo. Si hay algo que la pandemia del Coronavirus ha puesto en relieve es que “no nos salvamos solos”. El Gobierno y las fuerzas políticas, los empresarios y los trabajadores, los estudiantes y los ancianos, los indígenas y los migrantes, todos estamos invitados a repensar el modelo de desarrollo que hemos construido, de manera tal que este sea cada vez más justo, sostenible e inclusivo. Es lo que, como Entorno Social, hemos querido reforzar al firmar la declaración Reactivación Sostenible. Porque – como también decía Arendt – el “hombre nuevo” (y una “sociedad nueva”) no surgirán del desenfreno y la violencia colectiva; surgirán sí y solo sí somos capaces de abrazar la diferencia y escoger decididamente nuevas formas colectivas de tratarnos los unos a los otros.

Javier Celedón

Consultor